Archivado en: Excepciones
Conocí a un escandinavo cuyo padre lo apaleaba y, tal vez por eso, acabó llevando lo que se conoce como “mala vida”. Un día se decidió a cambiar, habló con un amigo y éste, al ver cómo se tensaba al describirle sus primeros años de vida, le aconsejó vivir una segunda infancia. Al escandinavo -eso me contó- le costó unos años adivinar qué podía ser eso, pero luego lo hizo. Hoy vive más tranquilo, hace menos daño a sus seres queridos porque ya no se siente un víctima y se quiere un poco más. Eso me dijo, aunque yo no lo conocía antes y no sé cómo era antes de su segunda infancia.
Se dice que ésta, la infancia, es crucial, que deja una marca imborrable en nosotros. Todos, los privilegiados como yo y los que no lo han sido, la recordamos a veces con un punto de amargura, porque nos creímos impotentes e inocentes y la vida y los demás nos golpearon en alguna ocasión: por eso podemos solidarizarnos con quienes no tuvieron jamás acceso a esa sala de espera de la vida que es la infancia, y se dieron de bruces con la vida adulta.
Existen al menos 250.000 niños soldado en el mundo. En este vínculo -y pinchando luego donde dice: “Audio Slide Show: My first deadly encounter with child soldiers”, lamento la ineptitd tecnológica- se puede ver una pequeña semblanza de su situación. No es necesario saber inglés para leer las fotografías, en especial si uno respeta el hecho innegable de que todos somos iguales, independientemente del color de nuestra piel o nuestro lugar de procedencia. Que un niño de diez años de Sierra Leona es un niño de diez años antes que nada, como lo fuimos nosotros. Lo más seguro es que ellos no tengan la oportunidad que tenemos nosotros de vivir una segunda infancia, aunque dure sólo un fin de semana, para hacer menos daño a nuestros seres queridos, para no sentirnos víctimas de nada, querernos un poco más, celebrar que nadie nos puso un fusil en la mano cuando aún éramos unos renacuajos o, en el peor de los casos, preguntarnos por qué nos sentimos distintos o mejores que esos críos, por qué creemos que su situación es tan distinta de la nuestra, que eso jamás nos podría haber sucedido.







