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Nos pasa a todos: hay gente que nos resulta inaguantable. Peor aún: hay gente que nos resulta inaguantable y a la que para colmo nos vemos obligados a tratar con asiduidad. A veces es un jefe o un compañero de trabajo. A veces alguien de la familia política, del grupo de amigos, un vecino. Por lo general es una persona que saca lo peor de nosotros, da igual que nosotros le permitamos hacerlo o que sea cierto eso de que hay quien puede chuparte la energía positiva. El caso es que, ante cierta gente, nos enemistamos con la vida y con el género humano y, lo que es peor, acabamos hablando como un personaje de culebrón.
Hay un método para amainar el efecto que dichas personas tienen en nosotros, un método que he denominado Método Ponles un Mote, y que empieza por ponerles un mote. Quien lo ha hecho, y lo ha hecho bien, sabe que esto no es fácil. No es lo mismo que tu jefe pase a ser “Angela Chaning” a que pase a ser “Nancy Reagan”. Poner motes requiere un gran esfuerzo de observación, cierto temperamento intuitivo y, en definitiva, la capacidad de resumir en una imagen todas las cualidades atroces que destestamos de esa persona: el mote que le pongamos dirá tanto de él -como cabronazo- como de nosotros como sagaces observadores del género humano.
Ahora bien, una vez el jefe deja de ser el jefe, para ser Angela Chaning, la vida se vuelve mucho más fácil. Por lo general, independientemente de que nos amargue más o menos la mañana, ya no lo veremos como persona sino como objeto: como el compendio de una serie de actitudes ridículas que no sólo le pertenecen a él sino a todos los imbéciles que en el mundo han sido, pues por desgracia son medianamente comunes, y a las que nos resignamos por un breve espacio de tiempo del mismo modo que soportamos el granizo, la factura del móvil o las comidas familiares.
Hay quien es sabio y sugiere algo más: que ponerle un mote a un mierda y un hijo de puta y un impresentable y un etcétera no es sino el mejor modo de empezar a perderle el miedo, y que de ahí podemos llegar a humanizarlo, e incluso a sentir cierta compasión por él. Para eso, dicen, basta con recordar que cada uno trata al mundo del mismo modo que se trata a sí mismo, y que quien se comporta mal en el trabajo, o en la barbería, también lo hará en el bar o en el retrete. Que esa gente tiene que vivir consigo misma las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, dentro de un culebrón que han elegido porque quieren. Medir la veracidad de esta apreciación queda al arbitrio de cada cual.
No obstante, hay quien se pregunta cómo saber si le tenemos miedo a un mierda. Es fácil: si uno se sorprende preparando respuestas para preguntas que aún no le han hecho, es miedo. Tampoco va más allá, pero conviene asumirlo.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Lo que más me gusta de esta frase, con diferencia, es que todos la usamos para comernos el coco, excusarnos por darnos a la pereza, soltar sermones a quien no los precisa. Por tanto, valgan tres aclaraciones:
1. Antes fue el huevo. Aunque no era de gallina, pero por algún lado había que empezar.
2. Matar el rato no mata. Por tanto, si no sabes qué hacer, tómate tu tiempo hasta que lo veas claro o te aburras.
3. Todo cambio implica desconcierto. Si no, no sería cambio, pero si te fijas a todos nos sucede lo mismo, y eso a veces consuela.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Nada más cierto que esta falsa fábula.
Cada vez que oigo que alguien usa el adverbio «exactamente» me acuerdo de una antigua novia. Ella tenía la manía de usarlo, ese mismo adverbio, exactamente. «¿Cómo puedes—le decía yo— pretender que te explique algo exactamente? ¿Te crees que leo el BOE? ¿Acaso me ves cara de cronómetro?» A pesar de ser un buen tipo, con sentido común, aquello me enfurecía. Que conste que yo no era perfecto ni hablaba con propiedad, pero, pensaba, jamás habría tenido la desfachatez de pedir nada exactamente.
El caso es que ella no dejaba de exigirme que por favor se lo hiciera todo exactamente. Al final, un buen día me negué a hablar, temeroso de que quisiera que le explicase la película que había visto el día anterior exactamente: ¿ansiaba acaso que remedara para ella cada rictus de Woody Allen mientras lleva una media en la cabeza y pretende robar un banco? ¿Qué le contara la película a tiempo real, con las acotaciones que uno lee en los subtítulos para sordos y los fundidos en negro y demás? ¿O era aún peor, y lo que quería era que le dijera qué sucursal de qué entidad bancaria había querido robar Woody? Era previsible: todo aquello me llevó a odiarla con todas mis fuerzas y en silencio.
Como buen cobarde, el día que me mandó a la mierda rompí mi silencio, pues me sentí en la obligación de preguntarle por qué se aventuraba a pasar una vida de soledad y frustraciones. Los primeros trescientos veintiocho reproches sobre mi mal carácter y ausencia de higiene tenían su fundamento, eso lo admito. Pero luego tuvo la desfachatez de acusarme de ser también demasiado literal. Sobra decir que me largué sin despedirme.
Todos hemos sido jóvenes, todos hemos vagado solos por la ciudad inhóspita, por necesidad todos nos hemos visto obligados a acudir a una biblioteca pública.
Busqué en el diccionario: «literal.(Del lat. litterālis).1. adj. Conforme a la letra del texto, o al sentido exacto y propio, y no lato ni figurado, de las palabras empleadas en él.» No sabía qué significaba lato: «lato, ta.(Del lat. latus). 2. adj. Se dice del sentido que por extensión se da a las palabras, sin que exacta o rigurosamente les corresponda». Nada estaba claro. De forma un poco lata, se podía deducir que ser demasiado literal venía a significar que uno pretendía encontrar un sentido exacto en las palabras de tu interlocutor. Pero, ¿cómo podía pretender yo buscar un sentido exacto cuando era precisamente yo quien le reprochaba que me lo pidiera todo exactamente? Aquello era para volverse loco. Decidí dar marcha atrás. Busqué «exactamente» y vi que significaba «con exactitud». Busqué «exactitud» y vi que venía de «exacto». Busqué exacto: «exacto, ta.(Del lat. exactus).1. adj. Puntual, fiel y cabal».
El diccionario no miente. Ella había exigido demasiado de mí. Aunque la culpa había sido mía, por hacerle caso. Desde entonces, sólo accedo a intentar saciar los deseos ajenos cuando lo juzgo oportuno, siempre que no haya ninguna prisa y tenga un diccionario a mano.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Katie Alvarez, madre del escritor londinense Al Alvarez, no fue, durante años, una persona feliz. Tuvo un padre tiránico, un esposo infiel, autocompasivo y ausente, unos hijos que no le hacían mucho caso y una familia proveniente de la clase social acomodada pero venida a menos, donde siempre parecía faltar el dinero. Ella era tímida y apocada, odiaba el contacto físico y estaba atormentada porque durante su infancia sus padres le habían dejado claro que no serviría para nada, algo que acabó creyéndose. Decía no valer para leer libros ni tener la paciencia necesaria para escuchar música. Nadie pensaba que tuviera muchas luces.
Un día de 1938 la familia se reunió en torno al aparato de radio: una de sus hijas, Anne, acababa de regresar del internado suizo y quería demostrar a sus padres el dominio abosluto de la lengua alemana que tenía. Moviendo el dial dieron con un mitin de Hitler. Malas noticias, que Anne, la hija, fue traduciendo. En Berlín el público gritaba Sieg Heil! Sieg Heil! y ellos, salvo la intérprete, lo escuchaban en la sala de estar sin soltar palabra, en parte por estupor, en parte porque qué podían decir, y en gran parte porque nada hay más británico que temer al ridículo como a un nublado, y eso frena la lengua de lo lindo. El londinense Al Alvarez tenía ocho años y todavía no era escritor, pero aún lo recuerda. Unos momentos después de que Adolf acabara su sermón, su madre Katie rompió el silencio y afirmó: “Debo reconocer que no me gustaba mucho, pero que queda delicioso de la forma en que lo prepara nuestra cocinera”. Le preguntaron. Les aclaró que la cocinera primero lo pasaba por agua y luego lo rehogaba con cebolla en juliana y mantequilla. Entonces advirtieron que donde la masa alemana había dicho Sieg Heil! ella había entendido seakale, una variedad de acelga de la familia del ruibarbo que se come en las islas británicas.
Katie sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, a que todos sus hijos huyeran del nido y a la muerte de su marido. Al final de sus días daba largos paseos con su perro y aprendió a cocinar de maravilla. También se encargó de dar de comer a cuanto vagabundo se topaba. Con ochenta años se vio aquejada de Alzheimer. Se negó a morir en un hospital. Lo hizo en casa, asistida por una enfermera, con un chiste en los labios. Muchos años después -en 1999- su hijo el escritor londinense se propone contar la historia de su familia y no se le ocurre mejor forma de hacerlo que con la anécdota del mitin radiofónico. Ella ha muerto, hace tiempo que le da igual si metió o no metió la pata. Los lectores, que sabemos de ella gracias a su hijo, lo leemos agradecidos, con la gratitud que se merece quien nos arranca una sonrisa y la conciencia de que cualquier tontería que soltemos, por mucho que quede en la memoria de alguien como un acto ridículo, puede servir para instruir a otros, o quedar como un hito, como aquella expresión tan fantástica que fue “Estar en el candelabro”, y que a mí me trae invariablemente a la memoria un relato de Poe. El problema cuando uno mete la pata no es que lo que haya dicho sea tonto o no, para eso se basta el 99% de la comunicación, que no va a ningún lado. El problema es que suelen pasar varias décadas hasta que por fin se descubre que uno era un genio, y eso no siempre nos pilla con vida. Por tanto, es recomendable, al soltar una majadería, recordar al público que el futuro nos admirará.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Sí, es lunes. Nada como compararte con un canalla para sentirte mejor, para recordar que eres un ciudadano modelo, un hombre de bien. Acuérdate, por ejemplo, de James Bond, un funcionario inglés que gasta un montón de dinero público en fondos reservados, sobornos y farras y mujeres y asesinatos, y luego se siente apesadumbrado y tiene remordimientos porque se pasa el día rodeado de mafiosos, chorizos, presidentes de multinacionales, marbellíes, proxenetas, directores de periódicos y bancos, seguratas, putones y políticos de los que hablaban de que Irak estaba lleno de armas de destrucción masiva, y que en cuanto les das la espalda te pegan una puñalada trapera. Lo que sucede es que, desde que les bailan el agua a los americanos, en el Reino Unido esas cosas las tapan; no como aquí, que se descubrió lo del GAL. En cualquier caso, el tipo ha vendido su alma al diablo, todo a cambio de un BMW y un reloj Omega. No cuenta con un solo amigo de quien fiarse. Por la noche el recuerdo de los muertos no le deja dormir. No le tengas envidia.
Y ánimo, que sólo quedan cinco días y para colmo eres de carne y hueso.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Tener pájaros en la cabeza, estar en las nubes, estar en la luna, no tener los pies en el suelo… Parece que, salvo que uno sea arquitecto, publicista o fontanero, no siempre está bien visto eso de usar la imaginación y confesarlo. No falta quien lo considera una actitud plenamente onanista. Queremos datos, cifras, porcentajes, aunque luego no tengamos ni idea de qué hacer con ellos. La realidad, por el contrario, nos demuestra que nos servimos de la imaginación a diario: ¿qué son las conjeturas de una madre cuya hija tarda en aparecer por casa, por ejemplo? ¿O lo que rellenamos cada vez que una persona cercana pegada a un móvil nos ofrece su mitad de una conversación telefónica? Sin imaginación no existirían los interrogatorios, los celos, los cotilleos, las excusas, la maledicencia, la gente que habla sola, las comparaciones en materia de líneas aéreas, caracteres nacionales o antidepresivos, la gente que prepara respuestas a preguntas que aún nadie le ha hecho, las pitonisas, los novios de la ex-novia de, ni cualquiera de esas otras cosas que han hecho de nuestra sociedad de principios de siglo un gran eco de sociedad… Eso por no hablar de los programas políticos, los anuncios de camas hinchables, todas y cada una de las encuestas de opinión ni, por qué no resumirlo así, todo lo demás. En cuanto a las relaciones entre imaginación y convivencia, he aquí una cita que me gusta:
Un querido amigo y colega mío, el maravilloso novelista israelí Sammy Michael, tuvo una vez la experiencia, que de vez en cuando tenemos todos, de ir en taxi durante largo rato por la ciudad con un conductor que le iba dando la típica conferencia sobre lo importante que es para nosotros, los judíos, matar a todos los árabes. Sammy le escuchaba y, en lugar de gritarle: “¡Qué hombre tan terrible es usted! ¿Es usted nazi o fascista?”, decidió tomárselo de otra forma y le preguntó: “¿Y quién cree usted que debería matar a todos los árabes?”. El taxista dijo: “¿Qué quiere decir? ¡Nosotros! ¡Los judíos israelíes! ¡Debemos hacerlo! No hay otra elección. ¡Y si no mire lo que nos están haciendo todos los días!”. “¿Pero quién piensa usted exactamente que debería llevar a cabo el trabajo? ¿La policía? ¿O tal vez el ejército? ¿El cuerpo de bomberos o equipos médicos? ¿Quién debería hacer el trabajo?” El taxista se rascó la cabeza y dijo: “Pienso que deberíamos dividirlo a partes iguales entre cada uno de nosotros, cada uno de nosotros debería matar a algunos”. Y Sammy Michael, todavía con el mismo juego, dijo: “De acuerdo. Suponga que a usted le toca cierto barrio residencial de su ciudad natal en Haifa y llama usted a cada puerta o toca el timbre y dice: ‘Disculpe, señor, o disculpe, señora. ¿No será usted árabe por casualidad?’ Y si la respuesta es afirmativa le dispara. Luego termina con su barrio y se dispone a irse a casa, pero al hacerlo -dijo Sammy al taxista- oye en alguna parte del cuarto piso del bloque llorar a un recién nacido. ¿Volvería para disparar al recién nacido? ¿Sí o no?”. Se produjo un momento de silencio y el taxista le dijo a Sammy: “Sabe, es usted un hombre muy cruel”.
(La cita de esta semana proviene del libro de Amos Oz Contra el fanatismo, publicado por la editorial Siruela en su Biblioteca de Ensayo, en 2003. La Traducción es de Daniel Sarasola.)
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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No es cuestión de meterse con nadie, sino de sacar algo en claro. Lo cierto es que a veces (en la puerta de casa, en la radio, etcétera) uno oye cosas y no sabe por dónde cogerlas. Eso por no hablar de lo que aparece en los periódicos. A partir de aquí suelen darse dos tendencias:
Si somos suspicaces, pensamos que por lo general suele tratarse de alguien [a quien a partir de ahora llamaremos El Reverendo X] que, al parecer, pretende endilgarte una buena con la excusa de que no le entendemos por esto o lo otro, porque nació aquí o allá, porque su patria está así o asá, porque le gustan las gallinas o los urogallos, porque su credo tiene más o menos de cinco letras y el largo etcétera que en el fondo suele resumirse en la certeza de que se sabe distinto.
Si somos transigentes, concedemos que no todo el mundo tiene por qué pensar o comportarse como nosotros, y que tal vez El Reverendo X tenga toda la razón. El Reverendo X parece muy seguro de sí mismo. El reverendo X usa un montón de voces abstractas. Además, los periodistas beben cada palabra de El Reverendo X.
Ahora bien, ¿cómo comprobar si El Reverendo X está en lo cierto? ¿Cómo estar seguros de que no nos embauca? Esta cuestión siempre ha resultado muy peliaguda. Peor aún, sujeta a las modas, como si patrias o religiones fueran algo tan visible como la altura de una falda. Para resolverla, tengo un método del que no es exagerado sugerir que resulta casi infalible, aunque antes de proseguir debo ser sincero y revelar que se me ocurrió viendo un documental sobre Disneylandia. Por eso lo denominé el Método Decodificador Disneylandia.
Consiste en lo siguiente. Pongamos que uno escucha una sentencia compleja -en la que con reiterada frecuencia aparece el nombre de una creencia, fe, doctrina, nación, religión, pueblo, deporte, estado o preferencia-, de la que confiesa saber menos de lo que sería deseable, entre otras cosas porque hasta ahora le provocaba cierta indiferencia. Acto seguido, sustituye el nombre del profeta por el de Mickey Mouse, el de la nación en cuestión por el de Disneylandia y así sucesivamente. Si, una vez realizadas estas alteraciones, le entra la risa, al menos sabe que El Reverendo X, tenga o no razón, se toma demasiado en serio y habrá que escucharle con una pizca de sal.
Y si no le entra la risa, pues mejor aún: incluso puede ocuparse uno de poner por escrito sus propias cuitas, aplicar de nuevo el Método Decodificador Disneylandia (Minnie no me entiende; El Tio Gilito me quiere exprimir hasta la última gota) y ver si en el fondo lo que le aqueja es tan peculiar como pretende.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Inauguramos una nueva sección del gurú Thelonious con esta joya de la sabiduría. Y lo hacemos porque tantos años de teleseries americanas, o de sus aún más necias copias europeas, han logrado aborregarnos lo bastante como para que merezca la pena recordar tres cosas al respecto:
1) Uno se pasa de listo cuando se cree mejor que otro.
Por mucho que me crea Supermán no saldré volando.
2) Cuando te pasas de listo te pillan siempre.
La infancia no es mojar la cama, sino ese miedo tan apremiante al qué pensarán de mí.
3) No hay nada más habitual que pasarse de listo en alguna ocasión.
Basta con ser consciente de que no tiene por qué ser un fenómeno irreversible.
(C) Iñigo García Ureta, 2006.
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Ésta es de manual.
Siempre hay alguien que pretende definirte. Por lo general, la cosa viene a ser así. X te dice, literalmente: “Eres un intransigente, un vago y un inútil…”. Da igual que X sea tu novia, tu padre, tu jefe, tu mejor amigo o un perfecto desconocido a quien has robado el asiento en el autobús. Da igual que parezca que a todas luces X tiene razón. Da igual que te venga bien oírlo. El caso es que, en cuanto uno escucha una frase que le va dirigida y que empieza por “Eres…”, deja de prestar atención. No es algo privativo de aquí: sucede en todos los países, pero en éste resulta particulamente vejatorio. Está visto que nadie logra avanzar por la vida sin que los demás le lean la cartilla y, como no podía ser menos, se protege haciendo oídos sordos. A mí, sin ir más lejos, me salta el hilo musical. Son ya muchas generaciones desde que se acuñó la expresión “ni puto caso”.
Tendemos a olvidar que hasta el ministro más soberbio se humilla y arrastra por el suelo, encadenado y en tanga, para suplicar en presencia de la señorita de compañía adecuada. No se puede pretender, por tanto, que un listillo recuerde que uno no es intransigente, vago o inútil todo el tiempo, sino que como mucho lo serán algunas de sus acciones, y sólo por un breve periodo.
Que nadie piense por un instante que quien nos llama esas cosas llegará a aplicarse el cuento y descubrirse por momentos tan intransigente como nosotros. Por lo general quien te lee la cartilla sufre amnesia y se siente pedagogo, dos cosas fatales. (Ej.: Francia era un país que estaba la mar de bien, pero sus habitantes llevan ya dos siglos tratando de niños al resto del mundo con la excusa de que unos parientes lejanos hicieron la revolución, y ya no les prestamos atención, lo que es una pena.)
Cuando siento el deseo de soltarle cuatro cosas a otro, procuro recordar a) que soy infinitamente peor que él, y b) lo que pasa cuando me las dicen así, de esa forma. Callarme me ahorra, sin duda, esfuerzo y saliva. Me consuelo pensando que si le dijera que es un tipo maravilloso tampoco me haría ni puto caso, y todo porque le he robado el asiento.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Lo cuenta Edward Behr en su fabuloso Anyone Here Been Raped and Speaks English? [¿Hay alguien aquí que haya sido violado y hable inglés?] y durante meses lo he guardado como oro en paño, hasta darme cuenta de que las buenas anécdotas son como la música, otro producto contaminante. Le sucedió en Sumatra, durante la II Guerra Mundial.
Entre otras cosas, Behr se dedicaba a abastecer a la tropa. Las autoridades locales, cansadas de los invasores, habían impuesto un embargo que le dificultaba la tarea. Para colmo, quedaba la cuestión de cómo pagarles cuando se avenían a venderle frutas, verduras o pollos: corrían por allí diversas divisas, la esterlina y el yen, el dólar y la rupia, mugrientos doblones de oro y añejos billetes chinos, etcétera. A veces le dejaban pagar en ron y ginebra, pero eso no siempre surtía efecto.
Encontró una isla en la costa occidental de Sumatra con poca agitación nacionalista, un lugar donde burlar el embargo y llevar de comer a la tropa. En principio, los isleños no tuvieron reparo en abastecerle de víveres, pero no se fiaban de los guilders japoneses que Behr solía ofrecerles. Ahí ocurre la genialidad.
En el campamento, Behr toma prestado un juego de Monopoly, coge los billetes, acude a la isla y se llena de pollos y lechugas. Luego habla con el jefe. Le dice que ésa es una divisa de la que se puede fiar. A fin de cuentas, los billetes parecen tan reales como los de cualquier otra moneda. Más tarde hace que sea un nuevo oficial quien compre a los isleños con billetes de Monopoly. De este modo, se acaban fiando de que la divisa Monopoly está en regla.
Behr dice que seis meses después, cuando un amigo suyo regresó a la isla, el dinero de Monopoly había desbancado al yen japonés.
El Monopoly lo inventó un hombre en paro, Charles B. Darrow, de Germantown, Pennsylvania, durante la gran depresión. A sus vecinos les gustaba, algunos le encargaron un juego para tener en casa, cuyas piezas él fabricaba de forma artesanal. De este modo, podía ir tirando. Se lo ofreció a los hermanos Harper, quienes al principio desecharon la oferta de producirlo y comercializarlo. Sólo cuando Darrow llevaba hechos cinco mil juegos caseros se lo aceptaron. Él se jubiló joven y millonario.
Cada vez que me preocupo por temas de dinero o compro una lechuga, procuro recordar que es posible hacerse rico dibujando billetes.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.