Archivado en: para listillos
Ésta es de manual.
Siempre hay alguien que pretende definirte. Por lo general, la cosa viene a ser así. X te dice, literalmente: “Eres un intransigente, un vago y un inútil…”. Da igual que X sea tu novia, tu padre, tu jefe, tu mejor amigo o un perfecto desconocido a quien has robado el asiento en el autobús. Da igual que parezca que a todas luces X tiene razón. Da igual que te venga bien oírlo. El caso es que, en cuanto uno escucha una frase que le va dirigida y que empieza por “Eres…”, deja de prestar atención. No es algo privativo de aquí: sucede en todos los países, pero en éste resulta particulamente vejatorio. Está visto que nadie logra avanzar por la vida sin que los demás le lean la cartilla y, como no podía ser menos, se protege haciendo oídos sordos. A mí, sin ir más lejos, me salta el hilo musical. Son ya muchas generaciones desde que se acuñó la expresión “ni puto caso”.
Tendemos a olvidar que hasta el ministro más soberbio se humilla y arrastra por el suelo, encadenado y en tanga, para suplicar en presencia de la señorita de compañía adecuada. No se puede pretender, por tanto, que un listillo recuerde que uno no es intransigente, vago o inútil todo el tiempo, sino que como mucho lo serán algunas de sus acciones, y sólo por un breve periodo.
Que nadie piense por un instante que quien nos llama esas cosas llegará a aplicarse el cuento y descubrirse por momentos tan intransigente como nosotros. Por lo general quien te lee la cartilla sufre amnesia y se siente pedagogo, dos cosas fatales. (Ej.: Francia era un país que estaba la mar de bien, pero sus habitantes llevan ya dos siglos tratando de niños al resto del mundo con la excusa de que unos parientes lejanos hicieron la revolución, y ya no les prestamos atención, lo que es una pena.)
Cuando siento el deseo de soltarle cuatro cosas a otro, procuro recordar a) que soy infinitamente peor que él, y b) lo que pasa cuando me las dicen así, de esa forma. Callarme me ahorra, sin duda, esfuerzo y saliva. Me consuelo pensando que si le dijera que es un tipo maravilloso tampoco me haría ni puto caso, y todo porque le he robado el asiento.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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