BAR THELONIOUS (el blog de Iñigo García Ureta)


ESE ASUNTO TAN PELIAGUDO DE LA IDENTIDAD
24, 11 2006, 12:33 am
Archivado en: técnicas

No es cuestión de meterse con nadie, sino de sacar algo en claro. Lo cierto es que a veces (en la puerta de casa, en la radio, etcétera) uno oye cosas y no sabe por dónde cogerlas. Eso por no hablar de lo que aparece en los periódicos. A partir de aquí suelen darse dos tendencias:

Si somos suspicaces, pensamos que por lo general suele tratarse de alguien [a quien a partir de ahora llamaremos El Reverendo X] que, al parecer, pretende endilgarte una buena con la excusa de que no le entendemos por esto o lo otro, porque nació aquí o allá, porque su patria está así o asá, porque le gustan las gallinas o los urogallos, porque su credo tiene más o menos de cinco letras y el largo etcétera que en el fondo suele resumirse en la certeza de que se sabe distinto.
Si somos transigentes, concedemos que no todo el mundo tiene por qué pensar o comportarse como nosotros, y que tal vez El Reverendo X tenga toda la razón. El Reverendo X parece muy seguro de sí mismo. El reverendo X usa un montón de voces abstractas. Además, los periodistas beben cada palabra de El Reverendo X.

Ahora bien, ¿cómo comprobar si El Reverendo X está en lo cierto? ¿Cómo estar seguros de que no nos embauca? Esta cuestión siempre ha resultado muy peliaguda. Peor aún, sujeta a las modas, como si patrias o religiones fueran algo tan visible como la altura de una falda. Para resolverla, tengo un método del que no es exagerado sugerir que resulta casi infalible, aunque antes de proseguir debo ser sincero y revelar que se me ocurrió viendo un documental sobre Disneylandia. Por eso lo denominé el Método Decodificador Disneylandia.

Consiste en lo siguiente. Pongamos que uno escucha una sentencia compleja -en la que con reiterada frecuencia aparece el nombre de una creencia, fe, doctrina, nación, religión, pueblo, deporte, estado o preferencia-, de la que confiesa saber menos de lo que sería deseable, entre otras cosas porque hasta ahora le provocaba cierta indiferencia. Acto seguido, sustituye el nombre del profeta por el de Mickey Mouse, el de la nación en cuestión por el de Disneylandia y así sucesivamente. Si, una vez realizadas estas alteraciones, le entra la risa, al menos sabe que El Reverendo X, tenga o no razón, se toma demasiado en serio y habrá que escucharle con una pizca de sal.

Y si no le entra la risa, pues mejor aún: incluso puede ocuparse uno de poner por escrito sus propias cuitas, aplicar de nuevo el Método Decodificador Disneylandia (Minnie no me entiende; El Tio Gilito me quiere exprimir hasta la última gota) y ver si en el fondo lo que le aqueja es tan peculiar como pretende.

(c) Iñigo García Ureta, 2006.


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