BAR THELONIOUS (el blog de Iñigo García Ureta)


ESE ASUNTO DE NO AGUANTAR A CIERTA GENTE
30, 11 2006, 6:32 pm
Archivado en: técnicas

Nos pasa a todos: hay gente que nos resulta inaguantable. Peor aún: hay gente que nos resulta inaguantable y a la que para colmo nos vemos obligados a tratar con asiduidad. A veces es un jefe o un compañero de trabajo. A veces alguien de la familia política, del grupo de amigos, un vecino. Por lo general es una persona que saca lo peor de nosotros, da igual que nosotros le permitamos hacerlo o que sea cierto eso de que hay quien puede chuparte la energía positiva. El caso es que, ante cierta gente, nos enemistamos con la vida y con el género humano y, lo que es peor, acabamos hablando como un personaje de culebrón.

Hay un método para amainar el efecto que dichas personas tienen en nosotros, un método que he denominado Método Ponles un Mote, y que empieza por ponerles un mote. Quien lo ha hecho, y lo ha hecho bien, sabe que esto no es fácil. No es lo mismo que tu jefe pase a ser “Angela Chaning” a que pase a ser “Nancy Reagan”. Poner motes requiere un gran esfuerzo de observación, cierto temperamento intuitivo y, en definitiva, la capacidad de resumir en una imagen todas las cualidades atroces que destestamos de esa persona: el mote que le pongamos dirá tanto de él -como cabronazo- como de nosotros como sagaces observadores del género humano.

Ahora bien, una vez el jefe deja de ser el jefe, para ser Angela Chaning, la vida se vuelve mucho más fácil. Por lo general, independientemente de que nos amargue más o menos la mañana, ya no lo veremos como persona sino como objeto: como el compendio de una serie de actitudes ridículas que no sólo le pertenecen a él sino a todos los imbéciles que en el mundo han sido, pues por desgracia son medianamente comunes, y a las que nos resignamos por un breve espacio de tiempo del mismo modo que soportamos el granizo, la factura del móvil o las comidas familiares.

Hay quien es sabio y sugiere algo más: que ponerle un mote a un mierda y un hijo de puta y un impresentable y un etcétera no es sino el mejor modo de empezar a perderle el miedo, y que de ahí podemos llegar a humanizarlo, e incluso a sentir cierta compasión por él. Para eso, dicen, basta con recordar que cada uno trata al mundo del mismo modo que se trata a sí mismo, y que quien se comporta mal en el trabajo, o en la barbería, también lo hará en el bar o en el retrete. Que esa gente tiene que vivir consigo misma las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, dentro de un culebrón que han elegido porque quieren. Medir la veracidad de esta apreciación queda al arbitrio de cada cual.

No obstante, hay quien se pregunta cómo saber si le tenemos miedo a un mierda. Es fácil: si uno se sorprende preparando respuestas para preguntas que aún no le han hecho, es miedo. Tampoco va más allá, pero conviene asumirlo.

(c) Iñigo García Ureta, 2006.


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