BAR THELONIOUS (el blog de Iñigo García Ureta)


ESE ASUNTO DE LOS ESTADOS DE ÁNIMO
14, 12 2006, 10:13 am
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Si hay un método que nunca falla es el Método cómo ponerse de mal humor con sólo abrir el periódico. Nadie ignora que este método es como el marmitako, y que tiene tantas variantes como cocineros, pero no por eso me libraré de ofrecer la mía. Es razonablemente sencilla y rápida.

a) Prolegómenos:

Supongamos que uno se ha levantado de un humor excelente. Hace sol, o aún no hace sol pero el manto de nubes sobre la ciudad destila una luz espiritual y agradecida. Tal vez su novia le ha brindado eso que todo hombre desea por las mañanas, o tal vez le ha bastado con sentir el calor bajo las sábanas. El piso huele a café recién hecho. La camisa está planchada, nadie se corta al afeitarse. Este segundo basta y sugiere que el mundo está bien hecho. Mañana es viernes.

b) Manos a la obra:

Toma el periódico. Ábrelo. Empieza por los desastres naturales. De ahí al Tiempo. Rápido. De ahí a las viñetas. De ahí a Deportes. Rápido. De ahí a los columnistas. Rápido. De ahí a los países del tercer mundo. De ahí a la vergüenza de Iraq. Rápido. No te prives de ignorar los comentarios de Izquierda Unida sobre lo que sucede en Palestina. Sáltate los del PP sobre lo que acontece en el mundo árabe, los del gobierno sobre el papel de la mujer en Latinoamérical, los del PNV sobre Pinochet y los de las Madres de la Plaza de Mayo sobre Euskadi. Las noticias sobre los millones de afectados por el SIDA. Por suerte, puedes detenerte un segundo y pensar en todo lo que el periódico te ahorra: el dinero de la droga que se lava en tantos bancos respetables; los niños de menos de diez años que los comerciantes de Bogotá o Río asesinan para limpiar las calles; los trapicheos de las compañías farmacéuticas; los locos que practican la caza mayor con médicos abortistas. No necesitas ir a Sociedad, allí sólo llevan el recuento de las mujeres asesinadas por sus maridos, y los métodos no son tantos: martillo, cuchillo, recortada, cutter, ácido en algún caso aislado. Con suerte, en Cultura te encontrarás con algún tipo que lamenta no haberse suicidado hace medio siglo en París; no necesitas leerlo: sin necesidad de haber prestado mucha atención ya has aprendido que lo único que interesa reseñar sobre el estado del mundo es todo aquello que tiene que ver con gente irresponsable que se queja porque todo va excesivamente mal, pudiendo ir bien si el resto les hiciera caso. No es así, pero así es la vida. Deséchalo todo, porque son como tú y como yo. Eso no cabrea a nadie. Para eso debes ir a Gente. Buscar a alguien a quien le lleves cinco, diez, veinte, treinta años, a alguien joven, guapo y millonario. Compararte con él. Imaginarte arrancándole a mordiscos las bragas a su novia. Pero no eres rico. Te estás haciendo viejo. Te crees muy listo, no como él. Al menos ya estás de mala leche. ¿Tiempo invertido? 48 segundos. Se puede mejorar.

c) Sugerencias:

Hacer exactamente lo contrario. Levantarse de mal humor, de un humor de perros, o fingirlo. Tomar el periódico. Pasar por él igual de rápido o recordar que no hay mejor herramienta para limpiar cristales. Intentar echarse a reír en 48 segundos. También se puede mejorar.

(c) Iñigo García Ureta, 2006.



“CONSEJOS DOY Y PARA MÍ NO TENGO”
11, 12 2006, 4:43 pm
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Éste es el lema de este blog, cuyo autor, un gran bocazas, se lanzó a brindar sugerencias para llevar una vida sana sólo cuando aceptó que no conocía a nadie menos capacitado para hacerlo.

Ningún político se escribe los discursos, y aun así les votamos.
Y a veces somos capaces de decir algo de sustancia, incluso a nuestro pesar.

Lo que no sólo demuestra que siempre seremos capaces de sorprendernos, sino también que jamás estamos seguros de por dónde nos llegará la ayuda.

(c) Iñigo García Ureta, 2006.



NO SUFRAS POR EXTRAVIAR NADA
9, 12 2006, 6:06 pm
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Uno cree que ha dejado las llaves (o las gafas de ver, o el pase del metro) en una chaqueta. Estaba seguro, pero se ha equivocado. A veces las llaves aparecen tres chaquetas más tarde, y en un cajón.

Los ejemplos son múltiples, cualquiera que tenga un mando a distancia o un teléfono móvil conoce lo mucho que tendemos a extraviar las cosas. Una vez, al ducharme, lo encontré todo borroso, y medio minuto más tarde descubrí que llevaba las gafas puestas… y enjabonadas.

Hay quien se topa con veinte euros entre las páginas de un libro. Hay quien encuentra fotos, billetes viejos de autobús, notas de una vida pasada. Hay quien busca palabras en la punta de la lengua: cómo se llamaba el tipo ése, cuál era el título de la canción, el nombre del pueblo en que…Se empeña, pero no sale. Hace falta desentenderse para recordar más tarde.

Todo aquello que acontece en nuestro piso nos demuestra que somos imperfectos, que olvidamos, que extraviamos, que la memoria es y no es de fiar. Esto no es óbice para que no tengamos los mismos derechos que cualquiera, y puede servir para que, al menos durante medio minuto, nos dediquemos a aceptar que todo lo que en principio nos define porque estamos seguros de ello (como es el lugar donde habíamos dejado las llaves), porque lo recordamos (como el título de una canción de hace dos décadas), o por cualquier otra cosa, en realidad no nos define, o no nos define más que tener una prueba de haber viajado en autobús en una vida pasada. Un peso menos. Una obligación menos. Menos responsabilidad. Yo estaba seguro de que el mundo se había vuelto borroso y era sólo que me estaba duchando con gafas: la segunda opción [ésta, la de ducharse con gafas] es, con diferencia, mucho menos rotunda que la de un mundo borroso, y siempre favorable. Cuando uno admite que puede estar equivocado no siente la tentación de defender sus puntos de vista de forma incansable, y la gente le quiere más. No precisa respuestas exactas y su cerebro hace menos ruido. Se acostumbra a la paciencia y su corazón se lo agradece. Y todo por no recordar dónde dejó el mando a distancia.

(c) Iñigo García Ureta, 2006.



CÓMO PONERSE DE BUEN HUMOR EN 10 SEGUNDOS
8, 12 2006, 5:27 pm
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Esto es gratis.

Busca una ventana sucia. Estira el dedo índice de la mano que uses para el papel higiénico. Con el dedo tieso, dibuja un monigote en la ventana: hazlo obsceno, cabrón, golfo, simpático… lo que te pida el cuerpo. Si no te sale bien a la primera, inténtalo en otro lado. Ahora da un paso atrás y mira la ventana. Verás que sigue igual de guarra, pero infinitamente más divertida. No vamos a ir de genios: tal vez esto no sirva para levantarte el ánimo. Quizás necesitas algo más que un dedo sucio y una sonrisa. Pero es un comienzo y se puede ver qué tiempo hace en la calle. Menos es nada.

(c)Iñigo García Ureta, 2006.



NO HUYAS DE LA TRAGEDIA
5, 12 2006, 1:41 pm
Archivado en: Excepciones

 

Hoy vamos a ponernos estupendos. ¡Viva la tragedia! Yeah! Pensemos por ejemplo en Otelo, un buen tipo. Otelo hace caso a Yago, un mentiroso de tomo y lomo, quien le comenta que su esposa Desdémona le pone los cuernos con un fabricante de relojes multimillonario llamado Casio. Otelo se vuelve loco y mata a su esposa, Desdémona. ¿Por qué la mata? No lo sabemos con certeza, aunque intuimos que durante siglos no ha existido mejor excusa para encubrir algo atroz como un asesinato con algo inocuo como es el sexo o cualquier otra minucia. Y lo sospechamos porque durante siglos los dramaturgos nos han presentado situaciones en las que la pérdida de la «honra» (otra minucia) hacía que todo el mundo se volviese loco y corriera al resto a estocadas. Sin ir más lejos, nuestro poeta más tierno, un tal García Lorca, se ve en la necesidad de crear a un personaje como Bernarda Alba, que cuando pierde a una hija no lamenta lo prematuro del fallecimiento sino que celebra el hecho de que la niña muriera virgen (otra minucia). Este mundo es raro. Jamás seré madre, pero dudo que en el caso de tener hijas ponga su virginidad por encima de su vida. Y ahí quería llegar, al hecho obvio que a veces se nos escapa: cuando algo nos parece una tragedia, es porque queremos que lo sea. ¿Cómo sucede esto? Leyendo la realidad de tal forma que la minucia cobra más importancia que lo serio. Lo serio, en primer lugar, es no matar a nadie y, en segundo, seguir vivos. En ese orden.

Eso no significa que no podamos servirnos de la tragedia en nuestra vida cotidiana. A veces conviene, por qué no, empuñar un cuchillo jamonero y ponérnoslo en el pecho, tras haber buscado un buen espacio entre las costillas, a la altura del corazón. Si es posible, hacerlo mirando por la ventana, para ver lo que nos perderemos, y previamente escribir una nota en que se establezca que uno se mata porque tal mujer le dejó, o sus padres no le querían, o su equipo bajó a segunda. (Claro que las minucias duelen: de hecho, son por lo general las minucias las que más duelen. A mí por ejemplo me duele mucho haber llamado estúpidas a unas chicas a las que no conocía de nada en un pueblo cuyo nombre no recuerdo. Esto es así y merece todo del respeto del mundo.) Eso sí, hay que hacerlo cuando estemos solos. Sin mujer. Sin padres. El resto son excusas. ¿Valen lo que una vida? ¿Hay mujer sin vida? ¿Hay padres sin vida? Del equipo de fútbol ni hablamos. Y si no valen lo que una vida, ¿merece la pena sufrir por ello así, como en un culebrón venezolano? ¿Por qué no mejor esperar a que lo maten a uno? ¿No sería más lógico? ¿No requiere acaso menos esfuerzo? La respuesta a cualquiera de estas preguntas será siempre crucial, y el cuchillo puede volver a su cajón sin fregar.

La tragedia no tiene por qué brindarnos ninguna pauta real sobre cómo será el mundo a partir de este instante. De hecho, nadie tiene ni puñetera idea de lo que le deparará el futuro, aunque todos ansiamos controlarlo, y pensamos que lo lograremos si nos comemos mucho la cabeza con minucias: es como pretender adivinar la quiniela porque con cinco años metimos un gol en el patio del colegio. Sé que esta medida, la de ponerse el cuchillo en el pecho, suena hortera, muy hortera. Lo es, pero, a pesar de todo lo dicho antes, y en el peor de los casos, la tragedia puede enseñarnos a aprender [pues nada se nos enseña salvo a aprender] que, de restarnos unos segundos de vida —algo que siempre puede pasar— sabríamos cómo solventar nuestras minucias: mejor o peor, pero lo sabríamos. Esto siempre es útil, porque somos humanos, y como tales la seguimos cagando, por minucias. Y ahí quería llegar, al hecho obvio que a veces se nos escapa: cuando algo nos parece una minucia, es porque queremos que lo sea. Yeah! Está bien. Podría ser peor. Ahora mismo podríamos estar matando a nuestras esposas por una mentira, o felices de enterrar hijas vírgenes, y no lo estamos. Tal como está el patio, es un buen motivo para alegrarse.

(c) Iñigo García Ureta, 2006.



SAUL BELLOW
4, 12 2006, 11:22 am
Archivado en: El personaje de la semana

Sí, es lunes. Uno entre los 52 lunes que tiene el año. Cuando contaba 80 -años-, Saul Bellow, tuvo un nuevo hijo. Creo que fue con su cuarta o quinta esposa, a la que como poco doblaba en edad. Bellow, que había pasado más de la mitad de su vida sin un duro, menospreciado por sus ricos hermanos con su florecientes negocios, menospreciado por su amargado padre, que siempre lo creyó un inútil, ahora era un flamante premio Nobel de Literatura. También era rico. La gente lo adoraba. De cuando en cuando lo invitaban a impartir conferencias y charlas, seguidas por lo general de un turno de preguntas. En una de éstas un viejo se levantó del asiento y lo interpeló por su reciente parternidad. En concreto, le preguntó cómo era posible tener un hijo con ochenta años. Tal como lo cuenta James Atlas en su maravillosa biografía, Saul Bellow se lo dijo en dos palabras:

-Práctica, práctica.

No te resignes a ver otro lunes en el día de hoy. Es sólo una nueva jornada para estar alerta, para ir hacia donde nos dirigimos, para escribir ese libro maravilloso o para prepararte para fecundar a tu quinta mujer. Ánimo.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.



DEJA DE TENER RAZÓN
4, 12 2006, 11:05 am
Archivado en: la cita de la semana

Un día te das cuenta de cómo es la gente que siempre tiene la razón y, aún peor, comprendes que la razón es como el cambio que te cae en la mano con el periódico, algo que te dan, que ya ha pasado por varias manos y que te abandonará en cuanto cruces el umbral de la próxima tienda. No la necesitas, porque nadie necesita tener la razón para estar tranquilo. Yo, ahora mismo, puedo estar soltándote una majadería, pero no se me quitará el hambre:

“Si dos personas discuten, y uno de ellos tiene razón en un cincuenta y cinco por ciento, esto está muy bien, no tiene de qué preocuparse. ¿Si tiene un sesenta por ciento de razón? Eso es maravilloso, una gran suerte, que dé gracias a Dios. ¿Pero qué decir si tiene un setenta y cinco por ciento de razón? Los sabios dicen que esto es muy sospechoso. Bien, ¿y si tiene un cien por cien de razón? El que dice que tiene un cien por cien de razón es un asqueroso, violento, horroroso, embustero y repugnante mafioso.”

Czeslaw Milosz

(c) Iñigo García Ureta, 2006.