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Hoy vamos a ponernos estupendos. ¡Viva la tragedia! Yeah! Pensemos por ejemplo en Otelo, un buen tipo. Otelo hace caso a Yago, un mentiroso de tomo y lomo, quien le comenta que su esposa Desdémona le pone los cuernos con un fabricante de relojes multimillonario llamado Casio. Otelo se vuelve loco y mata a su esposa, Desdémona. ¿Por qué la mata? No lo sabemos con certeza, aunque intuimos que durante siglos no ha existido mejor excusa para encubrir algo atroz como un asesinato con algo inocuo como es el sexo o cualquier otra minucia. Y lo sospechamos porque durante siglos los dramaturgos nos han presentado situaciones en las que la pérdida de la «honra» (otra minucia) hacía que todo el mundo se volviese loco y corriera al resto a estocadas. Sin ir más lejos, nuestro poeta más tierno, un tal García Lorca, se ve en la necesidad de crear a un personaje como Bernarda Alba, que cuando pierde a una hija no lamenta lo prematuro del fallecimiento sino que celebra el hecho de que la niña muriera virgen (otra minucia). Este mundo es raro. Jamás seré madre, pero dudo que en el caso de tener hijas ponga su virginidad por encima de su vida. Y ahí quería llegar, al hecho obvio que a veces se nos escapa: cuando algo nos parece una tragedia, es porque queremos que lo sea. ¿Cómo sucede esto? Leyendo la realidad de tal forma que la minucia cobra más importancia que lo serio. Lo serio, en primer lugar, es no matar a nadie y, en segundo, seguir vivos. En ese orden.
Eso no significa que no podamos servirnos de la tragedia en nuestra vida cotidiana. A veces conviene, por qué no, empuñar un cuchillo jamonero y ponérnoslo en el pecho, tras haber buscado un buen espacio entre las costillas, a la altura del corazón. Si es posible, hacerlo mirando por la ventana, para ver lo que nos perderemos, y previamente escribir una nota en que se establezca que uno se mata porque tal mujer le dejó, o sus padres no le querían, o su equipo bajó a segunda. (Claro que las minucias duelen: de hecho, son por lo general las minucias las que más duelen. A mí por ejemplo me duele mucho haber llamado estúpidas a unas chicas a las que no conocía de nada en un pueblo cuyo nombre no recuerdo. Esto es así y merece todo del respeto del mundo.) Eso sí, hay que hacerlo cuando estemos solos. Sin mujer. Sin padres. El resto son excusas. ¿Valen lo que una vida? ¿Hay mujer sin vida? ¿Hay padres sin vida? Del equipo de fútbol ni hablamos. Y si no valen lo que una vida, ¿merece la pena sufrir por ello así, como en un culebrón venezolano? ¿Por qué no mejor esperar a que lo maten a uno? ¿No sería más lógico? ¿No requiere acaso menos esfuerzo? La respuesta a cualquiera de estas preguntas será siempre crucial, y el cuchillo puede volver a su cajón sin fregar.
La tragedia no tiene por qué brindarnos ninguna pauta real sobre cómo será el mundo a partir de este instante. De hecho, nadie tiene ni puñetera idea de lo que le deparará el futuro, aunque todos ansiamos controlarlo, y pensamos que lo lograremos si nos comemos mucho la cabeza con minucias: es como pretender adivinar la quiniela porque con cinco años metimos un gol en el patio del colegio. Sé que esta medida, la de ponerse el cuchillo en el pecho, suena hortera, muy hortera. Lo es, pero, a pesar de todo lo dicho antes, y en el peor de los casos, la tragedia puede enseñarnos a aprender [pues nada se nos enseña salvo a aprender] que, de restarnos unos segundos de vida —algo que siempre puede pasar— sabríamos cómo solventar nuestras minucias: mejor o peor, pero lo sabríamos. Esto siempre es útil, porque somos humanos, y como tales la seguimos cagando, por minucias. Y ahí quería llegar, al hecho obvio que a veces se nos escapa: cuando algo nos parece una minucia, es porque queremos que lo sea. Yeah! Está bien. Podría ser peor. Ahora mismo podríamos estar matando a nuestras esposas por una mentira, o felices de enterrar hijas vírgenes, y no lo estamos. Tal como está el patio, es un buen motivo para alegrarse.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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