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El diccionario de la Real Academia Española define la voz “devoción” como:
| devoción. | ||
| (Del lat. devotĭo, -ōnis). | ||
| 1. f. Amor, veneración y fervor religiosos. | ||
| 2. f. Práctica piadosa no obligatoria. | ||
| 3. f. Inclinación, afición especial. | ||
| 4. f. Costumbre devota, y, en general, costumbre buena. | ||
| 5. f. Rel. Prontitud con que se está dispuesto a dar culto a Dios y hacer su santa voluntad. | ||
Si dejamos de lado lo piadoso y lo religioso y lo divino, que por lo general suenan a obligación, lo cierto es que la devoción, al menos a la hora de hacer las cosas (como en la expresión “hacer las cosas por devoción y no por obligación”) suena bien, suena a ejercitarse en las buenas costumbres porque uno así lo ha decidido y se siente responsable de lo que hace. Una oportunidad para enfocarse no sólo en qué o cuándo o para quién se hace, sino en el cómo, que es lo que suele brindarnos felicidad. Uno trabajará rápido o en malas condiciones o aguantando chaparrones por un sueldo, lo que no es poco, pero cuando lee por gusto, o pasea solo porque lo desea, o cocina en domingo y sin invitados que ponen nota, lo hace con mimo, sin estar atento al reloj, como intuye que debería hacerse siempre. Por lo general, esto suele acarrear una consecuencia muy grata: uno siente que al menos en esos instantes lleva las riendas de su vida, y así es imposible sentirse víctima. A veces nos sucede lo mismo en el trabajo, tal vez porque coincide que ese día los jefes no están encima de uno y por fin se puede trabajar a gusto y por fin uno se permite invertir cinco minutos en meditar cómo llevar a cabo algo de la mejor manera, para que luego no coleen sus consecuencias, como cuando lo hace a todo correr. De modo que hacer algo por devoción no significa necesariamente hacerlo sin esperar ninguna retribución, sino más bien hacerlo como si lo que hacemos nos ayudara a crecer.
Y en ocasiones eso conlleva que cuando no hay prisas uno bien puede dejarlo todo para más adelante y dedicarse a no hacerlo, ya por cansancio, ya porque no puede prestarle el tiempo necesario para hacerlo a gusto. Nada mejor que postergarlo, entonces. Estos días, para dar ejemplo, no he apuntado casi nada en este blog. Planeo seguir así, al menos hasta que acabe un par de cosas que requieren mi tiempo de forma devota y desinteresada. De otro modo, acabaría escribiendo aquí cosas por llenar espacio, y no es ése mi propósito.
No hay motivo para mis lectores no elijan cualquier actividad en la ejercitarse en no hacer. No serán muchas, pues por lo general vale más no hacer bien que no hacer en absoluto, pero las hay. Tendrán todo mi apoyo. Ánimo.
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El pasado viernes, Joshua S. Hanson salió con unos amiguetes a beber unas copas, en Minneapolis. Regresaron al hotel donde se hospedaban sobre la una y media de la madrugada, tomaron el ascensor y subieron al decimoséptimo piso. Allí, Joshua corrió por el pasillo, tropezó y cayó por la ventana. Diecisiete pisos. Se rompió una pierna, nada más. El único sitio donde había visto algo así era en las películas de James Bond.
Una cosa es estar preparados para lo peor, y otra muy distinta es pensar que lo peor es la regla. De ser así, muchos de nosotros no seguiríamos vivos. La suerte existe. Lo mejor de todo es que no depende de nosotros ni podemos controlarla.
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Lo sabemos. Nos lo dice el espejo, nos lo dice la báscula, nos lo dice el clima, nos lo dicen las facturas y los periódicos, y aun así nos negamos a asumirlo: el cambio es lo único en lo que se puede confiar. Hace apenas treinta años se fumaba en los autobuses urbanos; hace apenas veinte, los teléfonos móviles eran zapatófonos para narcos; hace apenas diez, llovía; hace apenas cinco aún decían que había esperanzas de encontrar armas de destrucción masiva y Sadam era un personaje de South Park y no el protagonista de una canción de Billie Holiday. Hace uno, Fidel Castro seguía siendo inmortal. Si hace nada me hubiesen dicho que alguien iba a servirse de Bruce Lee para anunciar coches me habría muerto de la risa.
El problema suele ser éste: uno tiende a aferrarse a las viejas ideas, que ya no sirven, y se niega a dejar espacio para nuevas soluciones. Lo malo de lo nuevo es que crea suspicacias, pues no sabremos si resultará beneficioso o perjudicial hasta que deje de ser nuevo. En eso se parece mucho a los entrenadores de fútbol.
Aceptar la realidad nos obliga a cuestionar cuán permanentes son nuestras convicciones. En mi caso, debo admitir que uno de los pocos bastiones de rectitud moral que encontraba en el mundo, el de los manifestantes alemanes, los únicos capaces de aunar ecologismo y puntualidad (los imaginaba como gente que cita a Habermas, recicla pieles de zanahoria y escucha a Charles Mingus), ha desaparecido. Hoy se alquilan en la página web erento.com, que también ofrece alquileres de quitanieves, jets privados, máquinas para desplumar gallinas y negros literarios. En el caso de los manifestantes, salen a 145 euros por cabeza, por un día. Intuyo que con eso se cubrirá el seguro de accidentes.
Todo cambia. Esto, qué duda cabe, hace la vida mucho más interesante. Uno puede felicitarse por seguir conservando a sus amigos, por ejemplo. O buscar el modo de explicar a sus futuros nietos qué era el invierno, por si éste se convierte definitivamente en pasado. Mientras tanto recordemos la única verdad perpetua e inmortal: lo mejor siempre está por llegar.
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Hoy no diré nada nuevo.
La televisión es un modelo de enseñanza ejemplar: gratis y extremadamente formativa, modela las mentes de todos. La mejor prueba de ello es que desde hace años -y esto se puede comprobar en cualquier sobremesa con vino- las canciones populares, que perduraron durante décadas, han sido sustituidas en la memoria colectiva no sólo por las de Eurovisión, sino por las sintonías de los anuncios televisivos y series de dibujos animados que escuchamos en la infancia. (Nada más nostálgico que aquélla del Colacao con el “negrito del África tropical” que vivía cultivando y cantaba hasta que un buen día se metió en un cayuco y ahora toma el sol en nuestras playas, aunque no lo necesite.)
Así, cada sobremesa, la gente aprende un montón de nombres de personas cuyos méritos suelen consistir en haber copulado con otros, y los españoles -pueblo aplicado y franco donde los haya, no pun intended- no sienten el menor reparo en admitir que no sólo aprenden sus nombres, sino que para colmo los recuerdan, y mira que florecen nuevos copuladores* cada mes y que, como sabe cualquiera que haya asistido a una boda, recordar más de dos nombres nuevos requiere muchísimo, muchísimo esfuerzo.
El fenómeno no es privativo del país donde vivo: el 19 por ciento de los estudiantes de universidad estadounidenses cree que Martin Luther King fue el responsable de la abolición de la esclavitud en su país. Esto sugiere que no consideran relevante conocer la figura del reverendo. Me apuesto el brazo a que saben cambiarle las pilas al mando a distancia. Así está el mundo.
Yo mismo desconozco la lista de los reyes godos que de tan de moda estuvo el siglo pasado, aunque sería capaz de aventurarme a recitar los nombres de al menos siete personajes de Los Simpson, y siempre -es decir, desde hace más de diez años- he considerado a Homer un ídolo. Ahora bien, qué saco yo de esta variedad de conocimiento, bueno, eso aún no lo sé. Ni siquiera estoy seguro de si hallaré alguna lección escondida en todo ello o me quedaré calvo, o me daré a la obesidad, o votaré a unos rufianes que no cumplan ni una de las promesas realizadas durante la campaña electoral. Mientras aguardo a que mi intelecto reaccione y me dé alguna pista, sopeso que tal vez merezca la pena ser consciente de lo que aprendo, para al menos poder un día recordar a qué dediqué mi tiempo.
*Tanto es así que la mayor pirueta lingüística de los últimos años, el enunciado “practicar sexo”, como si el sexo fuera algo que pudiera practicarse, se creó específicamente para ellos.
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Sí, es lunes. Un lunes de enero, para colmo. Los pesimistas dirán que quien no se ha gastado lo que no tenía durante las navidades ha dejado ya de intentar llevar a la práctica sus buenos propósitos para el año nuevo. A pesar de que a algunos les afecta más que a otros, a nadie se le escapa la naturaleza de este decaimiento. Nosotros lo llamamos la Cuesta de Enero. Los anglosajones, que tienen siglas para todo, lo llaman SAD (Seasonal Affective Disorder), y lo descubrieron gracias a un estudio pagado por unas agencias de viajes: al parecer, cuando uno está triste tiene menos ganas de comprar billetes de avión.
No obstante, no hay razón para no ser positivos. Eso, al menos, es lo que opina un 25 por ciento de los estadounidenses, que ha respondido afirmativamente a una encuesta realizada para conocer si consideran posible una nueva visita de Jesús a la Tierra en este año de James Bond, el 2-007. Lo cierto es que, al menos a mí, la idea me llena de curiosidad. No tanto por el final, pues su encuentro con los humanos sólo puede desembocar en su asesinato, ni por su mensaje, inmortal aunque somnoliento como el amor, sino por los pequeños detalles: tal y como hemos dejado los océanos, es probable que se vea forzado a clonar peces para multiplicarlos y dar así de comer a los hambrientos. Como sucede con tantos a quienes nos encontramos hasta en la sopa, como Beckham o Blair o Paulo Coelho, hemos llegado a dudar de su existencia, por sobrepoblación de comentaristas y clubs de fans, pero no cabe duda de que fue un personaje carismático, como sólo puede serlo aquel que inspira a un australiano baturro como Mel Gibson a rodar una película en arameo.
El instrumento de tortura que usaron para liquidarlo se ha convertido en el logo más famoso de la historia y tal vez, quién sabe, dentro de unos años, si uno de cada cuatro estadounidenses está en lo cierto, la gente se cuelgue del cuello pequeñas sillas eléctricas, horcas, AK-47s, la palabra Guantánamo o la palabra Cofidis, un cutter, un avión o la foto del cantante Bono, y pague unas monedas por encender velitas eléctricas en una iglesia que huela a madera y polvo y cera derramada. En mi caso, opino que aunque sólo dedique hoy un minuto a pensar en lo poco que ha cambiado el mundo desde su anterior visita ya habré hecho de este lunes un lugar más consciente de la mierda de caso que hacemos a quienes consideramos nuestros profetas. Y que si además empleo medio segundo en imaginar cómo estaría este mismo mundo, de amar yo al vecino como a mí mismo, pues miel sobre hojuelas. Y si luego no viene, o no viene convertido en Uma Thurman, que es en el fondo lo que deseamos todos, pues no pasa nada.
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¡Nada con tan mala prensa como cambiar de opinión! ¡La de divorcios que habrá habido porque él le acompañó a comprarse una falda y ella no se decidía! ¡Y no digamos en política o fútbol, asuntos para fanáticos, asuntos en que cambiar de opinión equivale a traicionar!
Sin embargo, aún hay personas capaces de afrontar la vida con valentía, traidores tal vez a ojos del fanático, pero fuente de inspiración para todos aquellos que seguimos creyendo que también vinimos al mundo a intentar no repetir errores previos. Es hora de hacerles un homenaje, y qué mejor homenaje que contar la historia de uno de ellos, el ex-agente de narcóticos del estado de Texas Barry Cooper, con más de 800 arrestos a sus espaldas, al que su antiguo jefe definió como “con toda probabilidad el mejor agente de narcóticos del estado y seguramente de todo el país”.
Tras tantos éxitos, Cooper -que durante los ocho años que estuvo en activo se requisó de más de medio millón de dólares en efectivo y especies, colaboró con el FBI, la DEA, la patrulla fronteriza y el ejército estadoundense y se hizo propietario de una tienda de neumáticos- se ha decidido a poner su grano de arena e intentar enseñar a la ciudadanía a ejercer sus libertades, pues ahora considera que eso de invertir recursos en perseguir marihuanos es un sinsentido. La noticia, como es natural, ha cabreado a su antiguos jefes, que no entienden cómo el tejano ha podido anunciar el lanzamiento de su vídeo Never Get Busted Again [Que no vuelvan a pillarte con las manos en la masa], dedicado a consumidores y traficantes, y en el que les enseñará las formas más adecuadas de esconder alijos o burlar a los perros policía.
A día de hoy lo acusan de querer hacerse rico. No se puede contentar a todo el mundo, está claro. Muchos tardarán años en caer en la cuenta de que Cooper sólo pretende evitar que sus paisanos cometan errores previos, sugerirles que pueden aprender de la experiencia de otros. Dentro de bastante tiempo, si el mundo deja de ser este pozo de hipocresía, tal vez Cooper reciba el homenaje que desde aquí sentimos que merece, aunque es improbable. No obstante, siempre podremos pensar en él cuando cambiemos de opinión, para no sentirnos solos cuando nos tilden de traidores.
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David James Brooks Jr., es un vecino de Atmore, Alabama, y tiene 62 años. La semana pasada su amigo Dan Gulley Jr., de 70 primaveras, le pegó dos tiros en el abdomen. Brooks se apretó las tripas, fue a su coche, cogió su pistola e intentó matar al septuagenario Gulley, pero falló, y entonces se dirigió a la comisaría a denunciarlo. Ahora está en el hospital. Su amigo Gulley también se pasó por la comisaría y ahora está en un calabozo. No habían bebido. Sólo discutían sobre la altura del difunto cantante James Brown.
Dejemos de lado la relevancia de la discusión: ambos son ya mayorcitos para saber qué importa y qué no en esta vida. Dejemos también de lado el hecho de que ahora estén comiendo mal, que no es bonito disparar a los amigos, sobre todo si se tiene mala puntería, y que tampoco está nada bien eso de hablar de los muertos. Lo único que importa es que nadie supo a ciencia cierta cuánto medía James Brown.
Y que a veces, cuando se discute y para colmo se pretende tener razón, conviene pensar en lo mucho que se descojonarán de uno días más tarde.



