Archivado en: El personaje de la semana

El problema de guardar secretos es que acabamos por creernos especiales y únicos. Uno tiene predilección por esto, se siente tentado a probar eso o se excita pensando en aquello y no se atreve a admitirlo ante nadie, porque piensa que es algo inusual o socialmente inaceptable. Puede tratarse de la cosa más banal del mundo, pero lo cierto es que si se lo guarda acabará invariablemente por sentirse culpable, que es siempre el primer paso para sentirse “especial”, lo que en el fondo equivale a creerse único, compararse con los demás en términos de mejor o peor y sufrir una barbaridad, porque si uno es único los demás siempre serán una amenaza. Ya lo dijo el poeta: “…y en ser vulgarcillo hallo cierto descanso“.
Lo cierto es que el mundo está lleno de locos, benignos o malignos, y que todos, todos sin excepción, somos víctimas de la excentricidad. Hay gente para todo: hay quien adora perder las horas de sobremesa viendo cómo un puñado de pánfilos hablan de cuando éste se acostó con aquélla; hay quien es capaz de amargarse un lunes porque la noche anterior sus once chicos no dieron las patadas adecuadas, en vez de alquilarse una de kung fu. También hay quien puja en Internet por un chicle mordido que lo enfurecería de llevarlo en la suela del zapato, quien colecciona sellos usados (o muñecas de porcelana o estampitas de la virgen o multas de tráfico, o mechones de pelo o cera de orejas), quien cree que la mujer con la que se acostado lo considera un atleta, olvidándose de que le ha cobrado una fortuna. (Yo mismo no dejo de escuchar de forma obsesiva, a diario, las canciones de Paul Weller, lo que en principio no parecería raro, de no ser porque ya van muchos años seguidos que no escucho nada más y sigo sin cansarme. Un día me lo encontré en un supermercado, a las ocho y media de la mañana, y escapé de allí acojonado, sintiéndome un fan, y apagué el iPod.) Ymelda Marcos y Michael Jackson sólo tuvieron dinero para llevar a la práctica sus fantasías, pero lo cierto es que en cualquier casa de vecinos hay alguien que parece serio y es funcionario y los vecinos lo ponen como ejemplo de conducta a sus hijos… Hasta que luego descubren que el vecino aprovechaba las noches de domingo para disfrazarse de folklórica, de rapero o de personaje de Star Trek. O que canta en un coro. Ya te interese la física nuclear, la doma de pulgas o las mujeres cuyos pechos pesen más de ocho kilos, recuerda que no eres el único. Seguro que para algunos ocho kilos no es nada.
El pseudónimo de Susan Smith esconde a una mujer que afirma que sólo se sentirá completa cuando haya perdido ambas piernas. En junio del año pasado consiguió por fin que le amputaran la izquierda, después de increíbles sufrimientos y quemaduras diversas que se provocó ella misma para que los médicos la tomaran en serio. Ella sí que se toma en serio y, según afirma, nunca falla. Uno encuentra su testimonio en este vínculo de the Guardian. Su lectura es como hacer gárgaras con gasolina sin plomo: marea un montón y tal vez sea tóxico, pero lo cierto es que limpia las encías como nada en el mundo.
¿Crees que eres raro? No, no lo eres. A día de hoy no es fácil, y para serlo hay que estar dispuesto a que te corten ambas piernas, y tal vez las orejas, y tal vez el rabo, como el alemán ese que puso un anuncio en Internet y encontró a alguien dispuesto a comérselo. En el fondo, no eres sino un vulgarcillo. Como tú, como yo y como tu vecino el tímido. O como Paul Weller, que afirma que no es cierto que se pase todo el día escuchando sin descanso a su banda favorita, los Small Faces, que se disolvieron hace ya más de treinta años: “No, no todo el día, sólo por las mañanas, de diez a doce y media, nada más”. Esta frase, que para cualquier otro suena a paparrucha, para mí fue un consuelo y un descanso, la verdad.
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