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Conocí a un escandinavo cuyo padre lo apaleaba y, tal vez por eso, acabó llevando lo que se conoce como “mala vida”. Un día se decidió a cambiar, habló con un amigo y éste, al ver cómo se tensaba al describirle sus primeros años de vida, le aconsejó vivir una segunda infancia. Al escandinavo -eso me contó- le costó unos años adivinar qué podía ser eso, pero luego lo hizo. Hoy vive más tranquilo, hace menos daño a sus seres queridos porque ya no se siente un víctima y se quiere un poco más. Eso me dijo, aunque yo no lo conocía antes y no sé cómo era antes de su segunda infancia.
Se dice que ésta, la infancia, es crucial, que deja una marca imborrable en nosotros. Todos, los privilegiados como yo y los que no lo han sido, la recordamos a veces con un punto de amargura, porque nos creímos impotentes e inocentes y la vida y los demás nos golpearon en alguna ocasión: por eso podemos solidarizarnos con quienes no tuvieron jamás acceso a esa sala de espera de la vida que es la infancia, y se dieron de bruces con la vida adulta.
Existen al menos 250.000 niños soldado en el mundo. En este vínculo -y pinchando luego donde dice: “Audio Slide Show: My first deadly encounter with child soldiers”, lamento la ineptitd tecnológica- se puede ver una pequeña semblanza de su situación. No es necesario saber inglés para leer las fotografías, en especial si uno respeta el hecho innegable de que todos somos iguales, independientemente del color de nuestra piel o nuestro lugar de procedencia. Que un niño de diez años de Sierra Leona es un niño de diez años antes que nada, como lo fuimos nosotros. Lo más seguro es que ellos no tengan la oportunidad que tenemos nosotros de vivir una segunda infancia, aunque dure sólo un fin de semana, para hacer menos daño a nuestros seres queridos, para no sentirnos víctimas de nada, querernos un poco más, celebrar que nadie nos puso un fusil en la mano cuando aún éramos unos renacuajos o, en el peor de los casos, preguntarnos por qué nos sentimos distintos o mejores que esos críos, por qué creemos que su situación es tan distinta de la nuestra, que eso jamás nos podría haber sucedido.
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El diccionario de la Real Academia Española define la voz “devoción” como:
| devoción. | ||
| (Del lat. devotĭo, -ōnis). | ||
| 1. f. Amor, veneración y fervor religiosos. | ||
| 2. f. Práctica piadosa no obligatoria. | ||
| 3. f. Inclinación, afición especial. | ||
| 4. f. Costumbre devota, y, en general, costumbre buena. | ||
| 5. f. Rel. Prontitud con que se está dispuesto a dar culto a Dios y hacer su santa voluntad. | ||
Si dejamos de lado lo piadoso y lo religioso y lo divino, que por lo general suenan a obligación, lo cierto es que la devoción, al menos a la hora de hacer las cosas (como en la expresión “hacer las cosas por devoción y no por obligación”) suena bien, suena a ejercitarse en las buenas costumbres porque uno así lo ha decidido y se siente responsable de lo que hace. Una oportunidad para enfocarse no sólo en qué o cuándo o para quién se hace, sino en el cómo, que es lo que suele brindarnos felicidad. Uno trabajará rápido o en malas condiciones o aguantando chaparrones por un sueldo, lo que no es poco, pero cuando lee por gusto, o pasea solo porque lo desea, o cocina en domingo y sin invitados que ponen nota, lo hace con mimo, sin estar atento al reloj, como intuye que debería hacerse siempre. Por lo general, esto suele acarrear una consecuencia muy grata: uno siente que al menos en esos instantes lleva las riendas de su vida, y así es imposible sentirse víctima. A veces nos sucede lo mismo en el trabajo, tal vez porque coincide que ese día los jefes no están encima de uno y por fin se puede trabajar a gusto y por fin uno se permite invertir cinco minutos en meditar cómo llevar a cabo algo de la mejor manera, para que luego no coleen sus consecuencias, como cuando lo hace a todo correr. De modo que hacer algo por devoción no significa necesariamente hacerlo sin esperar ninguna retribución, sino más bien hacerlo como si lo que hacemos nos ayudara a crecer.
Y en ocasiones eso conlleva que cuando no hay prisas uno bien puede dejarlo todo para más adelante y dedicarse a no hacerlo, ya por cansancio, ya porque no puede prestarle el tiempo necesario para hacerlo a gusto. Nada mejor que postergarlo, entonces. Estos días, para dar ejemplo, no he apuntado casi nada en este blog. Planeo seguir así, al menos hasta que acabe un par de cosas que requieren mi tiempo de forma devota y desinteresada. De otro modo, acabaría escribiendo aquí cosas por llenar espacio, y no es ése mi propósito.
No hay motivo para mis lectores no elijan cualquier actividad en la ejercitarse en no hacer. No serán muchas, pues por lo general vale más no hacer bien que no hacer en absoluto, pero las hay. Tendrán todo mi apoyo. Ánimo.
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David James Brooks Jr., es un vecino de Atmore, Alabama, y tiene 62 años. La semana pasada su amigo Dan Gulley Jr., de 70 primaveras, le pegó dos tiros en el abdomen. Brooks se apretó las tripas, fue a su coche, cogió su pistola e intentó matar al septuagenario Gulley, pero falló, y entonces se dirigió a la comisaría a denunciarlo. Ahora está en el hospital. Su amigo Gulley también se pasó por la comisaría y ahora está en un calabozo. No habían bebido. Sólo discutían sobre la altura del difunto cantante James Brown.
Dejemos de lado la relevancia de la discusión: ambos son ya mayorcitos para saber qué importa y qué no en esta vida. Dejemos también de lado el hecho de que ahora estén comiendo mal, que no es bonito disparar a los amigos, sobre todo si se tiene mala puntería, y que tampoco está nada bien eso de hablar de los muertos. Lo único que importa es que nadie supo a ciencia cierta cuánto medía James Brown.
Y que a veces, cuando se discute y para colmo se pretende tener razón, conviene pensar en lo mucho que se descojonarán de uno días más tarde.
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Uno cree que ha dejado las llaves (o las gafas de ver, o el pase del metro) en una chaqueta. Estaba seguro, pero se ha equivocado. A veces las llaves aparecen tres chaquetas más tarde, y en un cajón.
Los ejemplos son múltiples, cualquiera que tenga un mando a distancia o un teléfono móvil conoce lo mucho que tendemos a extraviar las cosas. Una vez, al ducharme, lo encontré todo borroso, y medio minuto más tarde descubrí que llevaba las gafas puestas… y enjabonadas.
Hay quien se topa con veinte euros entre las páginas de un libro. Hay quien encuentra fotos, billetes viejos de autobús, notas de una vida pasada. Hay quien busca palabras en la punta de la lengua: cómo se llamaba el tipo ése, cuál era el título de la canción, el nombre del pueblo en que…Se empeña, pero no sale. Hace falta desentenderse para recordar más tarde.
Todo aquello que acontece en nuestro piso nos demuestra que somos imperfectos, que olvidamos, que extraviamos, que la memoria es y no es de fiar. Esto no es óbice para que no tengamos los mismos derechos que cualquiera, y puede servir para que, al menos durante medio minuto, nos dediquemos a aceptar que todo lo que en principio nos define porque estamos seguros de ello (como es el lugar donde habíamos dejado las llaves), porque lo recordamos (como el título de una canción de hace dos décadas), o por cualquier otra cosa, en realidad no nos define, o no nos define más que tener una prueba de haber viajado en autobús en una vida pasada. Un peso menos. Una obligación menos. Menos responsabilidad. Yo estaba seguro de que el mundo se había vuelto borroso y era sólo que me estaba duchando con gafas: la segunda opción [ésta, la de ducharse con gafas] es, con diferencia, mucho menos rotunda que la de un mundo borroso, y siempre favorable. Cuando uno admite que puede estar equivocado no siente la tentación de defender sus puntos de vista de forma incansable, y la gente le quiere más. No precisa respuestas exactas y su cerebro hace menos ruido. Se acostumbra a la paciencia y su corazón se lo agradece. Y todo por no recordar dónde dejó el mando a distancia.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Hoy vamos a ponernos estupendos. ¡Viva la tragedia! Yeah! Pensemos por ejemplo en Otelo, un buen tipo. Otelo hace caso a Yago, un mentiroso de tomo y lomo, quien le comenta que su esposa Desdémona le pone los cuernos con un fabricante de relojes multimillonario llamado Casio. Otelo se vuelve loco y mata a su esposa, Desdémona. ¿Por qué la mata? No lo sabemos con certeza, aunque intuimos que durante siglos no ha existido mejor excusa para encubrir algo atroz como un asesinato con algo inocuo como es el sexo o cualquier otra minucia. Y lo sospechamos porque durante siglos los dramaturgos nos han presentado situaciones en las que la pérdida de la «honra» (otra minucia) hacía que todo el mundo se volviese loco y corriera al resto a estocadas. Sin ir más lejos, nuestro poeta más tierno, un tal García Lorca, se ve en la necesidad de crear a un personaje como Bernarda Alba, que cuando pierde a una hija no lamenta lo prematuro del fallecimiento sino que celebra el hecho de que la niña muriera virgen (otra minucia). Este mundo es raro. Jamás seré madre, pero dudo que en el caso de tener hijas ponga su virginidad por encima de su vida. Y ahí quería llegar, al hecho obvio que a veces se nos escapa: cuando algo nos parece una tragedia, es porque queremos que lo sea. ¿Cómo sucede esto? Leyendo la realidad de tal forma que la minucia cobra más importancia que lo serio. Lo serio, en primer lugar, es no matar a nadie y, en segundo, seguir vivos. En ese orden.
Eso no significa que no podamos servirnos de la tragedia en nuestra vida cotidiana. A veces conviene, por qué no, empuñar un cuchillo jamonero y ponérnoslo en el pecho, tras haber buscado un buen espacio entre las costillas, a la altura del corazón. Si es posible, hacerlo mirando por la ventana, para ver lo que nos perderemos, y previamente escribir una nota en que se establezca que uno se mata porque tal mujer le dejó, o sus padres no le querían, o su equipo bajó a segunda. (Claro que las minucias duelen: de hecho, son por lo general las minucias las que más duelen. A mí por ejemplo me duele mucho haber llamado estúpidas a unas chicas a las que no conocía de nada en un pueblo cuyo nombre no recuerdo. Esto es así y merece todo del respeto del mundo.) Eso sí, hay que hacerlo cuando estemos solos. Sin mujer. Sin padres. El resto son excusas. ¿Valen lo que una vida? ¿Hay mujer sin vida? ¿Hay padres sin vida? Del equipo de fútbol ni hablamos. Y si no valen lo que una vida, ¿merece la pena sufrir por ello así, como en un culebrón venezolano? ¿Por qué no mejor esperar a que lo maten a uno? ¿No sería más lógico? ¿No requiere acaso menos esfuerzo? La respuesta a cualquiera de estas preguntas será siempre crucial, y el cuchillo puede volver a su cajón sin fregar.
La tragedia no tiene por qué brindarnos ninguna pauta real sobre cómo será el mundo a partir de este instante. De hecho, nadie tiene ni puñetera idea de lo que le deparará el futuro, aunque todos ansiamos controlarlo, y pensamos que lo lograremos si nos comemos mucho la cabeza con minucias: es como pretender adivinar la quiniela porque con cinco años metimos un gol en el patio del colegio. Sé que esta medida, la de ponerse el cuchillo en el pecho, suena hortera, muy hortera. Lo es, pero, a pesar de todo lo dicho antes, y en el peor de los casos, la tragedia puede enseñarnos a aprender [pues nada se nos enseña salvo a aprender] que, de restarnos unos segundos de vida —algo que siempre puede pasar— sabríamos cómo solventar nuestras minucias: mejor o peor, pero lo sabríamos. Esto siempre es útil, porque somos humanos, y como tales la seguimos cagando, por minucias. Y ahí quería llegar, al hecho obvio que a veces se nos escapa: cuando algo nos parece una minucia, es porque queremos que lo sea. Yeah! Está bien. Podría ser peor. Ahora mismo podríamos estar matando a nuestras esposas por una mentira, o felices de enterrar hijas vírgenes, y no lo estamos. Tal como está el patio, es un buen motivo para alegrarse.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Katie Alvarez, madre del escritor londinense Al Alvarez, no fue, durante años, una persona feliz. Tuvo un padre tiránico, un esposo infiel, autocompasivo y ausente, unos hijos que no le hacían mucho caso y una familia proveniente de la clase social acomodada pero venida a menos, donde siempre parecía faltar el dinero. Ella era tímida y apocada, odiaba el contacto físico y estaba atormentada porque durante su infancia sus padres le habían dejado claro que no serviría para nada, algo que acabó creyéndose. Decía no valer para leer libros ni tener la paciencia necesaria para escuchar música. Nadie pensaba que tuviera muchas luces.
Un día de 1938 la familia se reunió en torno al aparato de radio: una de sus hijas, Anne, acababa de regresar del internado suizo y quería demostrar a sus padres el dominio abosluto de la lengua alemana que tenía. Moviendo el dial dieron con un mitin de Hitler. Malas noticias, que Anne, la hija, fue traduciendo. En Berlín el público gritaba Sieg Heil! Sieg Heil! y ellos, salvo la intérprete, lo escuchaban en la sala de estar sin soltar palabra, en parte por estupor, en parte porque qué podían decir, y en gran parte porque nada hay más británico que temer al ridículo como a un nublado, y eso frena la lengua de lo lindo. El londinense Al Alvarez tenía ocho años y todavía no era escritor, pero aún lo recuerda. Unos momentos después de que Adolf acabara su sermón, su madre Katie rompió el silencio y afirmó: “Debo reconocer que no me gustaba mucho, pero que queda delicioso de la forma en que lo prepara nuestra cocinera”. Le preguntaron. Les aclaró que la cocinera primero lo pasaba por agua y luego lo rehogaba con cebolla en juliana y mantequilla. Entonces advirtieron que donde la masa alemana había dicho Sieg Heil! ella había entendido seakale, una variedad de acelga de la familia del ruibarbo que se come en las islas británicas.
Katie sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, a que todos sus hijos huyeran del nido y a la muerte de su marido. Al final de sus días daba largos paseos con su perro y aprendió a cocinar de maravilla. También se encargó de dar de comer a cuanto vagabundo se topaba. Con ochenta años se vio aquejada de Alzheimer. Se negó a morir en un hospital. Lo hizo en casa, asistida por una enfermera, con un chiste en los labios. Muchos años después -en 1999- su hijo el escritor londinense se propone contar la historia de su familia y no se le ocurre mejor forma de hacerlo que con la anécdota del mitin radiofónico. Ella ha muerto, hace tiempo que le da igual si metió o no metió la pata. Los lectores, que sabemos de ella gracias a su hijo, lo leemos agradecidos, con la gratitud que se merece quien nos arranca una sonrisa y la conciencia de que cualquier tontería que soltemos, por mucho que quede en la memoria de alguien como un acto ridículo, puede servir para instruir a otros, o quedar como un hito, como aquella expresión tan fantástica que fue “Estar en el candelabro”, y que a mí me trae invariablemente a la memoria un relato de Poe. El problema cuando uno mete la pata no es que lo que haya dicho sea tonto o no, para eso se basta el 99% de la comunicación, que no va a ningún lado. El problema es que suelen pasar varias décadas hasta que por fin se descubre que uno era un genio, y eso no siempre nos pilla con vida. Por tanto, es recomendable, al soltar una majadería, recordar al público que el futuro nos admirará.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.
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Lo cuenta Edward Behr en su fabuloso Anyone Here Been Raped and Speaks English? [¿Hay alguien aquí que haya sido violado y hable inglés?] y durante meses lo he guardado como oro en paño, hasta darme cuenta de que las buenas anécdotas son como la música, otro producto contaminante. Le sucedió en Sumatra, durante la II Guerra Mundial.
Entre otras cosas, Behr se dedicaba a abastecer a la tropa. Las autoridades locales, cansadas de los invasores, habían impuesto un embargo que le dificultaba la tarea. Para colmo, quedaba la cuestión de cómo pagarles cuando se avenían a venderle frutas, verduras o pollos: corrían por allí diversas divisas, la esterlina y el yen, el dólar y la rupia, mugrientos doblones de oro y añejos billetes chinos, etcétera. A veces le dejaban pagar en ron y ginebra, pero eso no siempre surtía efecto.
Encontró una isla en la costa occidental de Sumatra con poca agitación nacionalista, un lugar donde burlar el embargo y llevar de comer a la tropa. En principio, los isleños no tuvieron reparo en abastecerle de víveres, pero no se fiaban de los guilders japoneses que Behr solía ofrecerles. Ahí ocurre la genialidad.
En el campamento, Behr toma prestado un juego de Monopoly, coge los billetes, acude a la isla y se llena de pollos y lechugas. Luego habla con el jefe. Le dice que ésa es una divisa de la que se puede fiar. A fin de cuentas, los billetes parecen tan reales como los de cualquier otra moneda. Más tarde hace que sea un nuevo oficial quien compre a los isleños con billetes de Monopoly. De este modo, se acaban fiando de que la divisa Monopoly está en regla.
Behr dice que seis meses después, cuando un amigo suyo regresó a la isla, el dinero de Monopoly había desbancado al yen japonés.
El Monopoly lo inventó un hombre en paro, Charles B. Darrow, de Germantown, Pennsylvania, durante la gran depresión. A sus vecinos les gustaba, algunos le encargaron un juego para tener en casa, cuyas piezas él fabricaba de forma artesanal. De este modo, podía ir tirando. Se lo ofreció a los hermanos Harper, quienes al principio desecharon la oferta de producirlo y comercializarlo. Sólo cuando Darrow llevaba hechos cinco mil juegos caseros se lo aceptaron. Él se jubiló joven y millonario.
Cada vez que me preocupo por temas de dinero o compro una lechuga, procuro recordar que es posible hacerse rico dibujando billetes.
(c) Iñigo García Ureta, 2006.

